A decir verdad la vida es algo así como subirse a lo alto de una farola, una de esas farolas que iluminan las calles. ¿Quién no ha intentado nunca subirse a lo más alto, sin conseguirlo por temor a la caída? Queremos llegar a la cima de inmediato, sin habernos caído antes. La experiencia de cada uno se obtiene de esas caídas, de esos retos fallidos. Deberíamos tener todo el tiempo del mundo para aprender de nuestros errores y llenar así nuestra mochila de experiencias que nos sirvieran como pautas a seguir, pero esto no es posible. La vida de hoy en día nos obliga a correr a gran velocidad, a preocuparnos solo por nosotros mismos, a procurar alcanzar la cima antes que nadie. Y digo yo, ¿qué importa llegar antes o después si, al fin y al cabo, todos terminaremos por llegar? Al final todos lograremos superar el reto de escalar hasta lo alto de esa farola, y lo que importará en ese momento, no será la velocidad a la que hayamos corrido ni el puesto que hayamos obtenido. Lo que realmente contarán serán las experiencias que hayamos vivido y la compañía que tendremos a nuestro lado.
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